EL SUICIDIO

“Sin recuperar la compostura, aprieta los dientes y deposita la fría punta en sus entrañas. Poco a poco la duda se diluye disfrazada de bandera de país, pero para él mañana no nacerá el sol”. (Harakiri).

 Así describe Alexandra Esquivel Monroy,  joven poetisa barranquillera,  en su obra  “incoherencias”,  el ritual del Harakiri japonés en donde el suicidio antes que un pecado es un deber. El alto índice de suicidios me ha  motivado a estudiar este tema,  y lo haré desde la perspectiva etimológica, legal y teológica.

 Etimológicamente la palabra Suicidio proviene del Latín SUI (si mismo) y CIDIUM (Muerte); esto es atentado contra su propia vida. Es decir,  el Suicidio,  es la acción de quitarse la vida de forma voluntaria, por si o por interpuesta persona.

 El suicidio aparece en todas las sociedades desde los tiempos más remotos.  En algunas ha sido considerado un acto honroso y en otras es un pecado o acto de cobardía.  En el Japón, por ejemplo,  el harakiri, práctica en la que una persona avergonzada subsanaba  el incumplimiento de un deber hundiéndose una daga en el vientre hasta encontrar la muerte, era practicado con mucha frecuencia y durante la II Guerra Mundial, los pilotos kamikazes consideraban como un gran acto de honor las misiones suicidas de bombardeos en las cuales estrellaban sus aviones contra objetivos enemigos. En la India,  se llevaba a cabo el suttee, que consistía en que la viuda del fallecido se inhumaba en la misma  pira funeraria de su marido. En el oriente medio los muyadines  o guerreros del Islamismo, haciendo una mala interpretación del Corán,   consideran un acto de  honor,  recompensado por Alá,  cubrirse el cuerpo de  explosivos y hacerse detonar en un bus o en un restaurante  de Israel, por ejemplo. En China, los budistas, se inmolaban rociándose el cuerpo con gasolina en protesta contra el régimen comunista de Mao.

 Algunos países han optado por legalizar una forma de suicidio, la eutanasia, definida ésta como el  suicidio asistido a una persona con una enfermedad terminal o catastrófica.  En nuestro país sigue abierto el debate en torno a la aceptación de la eutanasia; pero nuestra legislación penal no la permite; ya que quien la práctica con o sin el consentimiento de la persona o del paciente, incurría en un delito tipificado como Homicidio piadoso, el cual lógicamente tiene una dosificación más benigna que el homicidio doloso.

Algunos psicólogos piensan que los sentimientos crecientes de soledad, los problemas económicos, las enfermedades incurables, los problemas conyugales, la drogadicción, el alcoholismo, la falta de oportunidades, el fracaso,  la depresión y la falta de un proyecto de vida contribuyen al aumento del número de suicidios en las sociedades modernas.  En Colombia no se llevan estadísticas confiables sobre el número de suicidas, pero en lo que va corrido del año, en el Diario la Libertad y recientemente en La Verdad,  se  han publicado alarmantes casos de suicidio.

El suicida no cree encontrar una salida diferente a la muerte. Pero la realidad nos enseña que siempre hay solución y el hombre es verdaderamente grande en la medida en que sea capaz de franquear los obstáculos que se le presentan. “Mientras haya pies para caminar, qué importan zapatos para intentar”, dice Ariadna.   A pesar de todos los problemas, consideramos que la vida  vale la pena vivirla porque es un don invaluable entregado por Dios a los hombres; la vida “la da Dios y sólo Él la puede quitar”  como lo expresaba el Job bíblico.

 Nada en el mundo justifica el que una persona se suicide. El único  autorizado para  señalar cuando debemos morir es Dios. Frente a las dificultades siempre hay una salida; frente a los problemas siempre hay una solución, no podemos permitir que  los problemas y las tribulaciones que se nos presentan sean mayores a nuestras fuerzas, recordemos que “en Cristo todo lo podemos porque  El es nuestra fortaleza” y  Dios ha prometido pastorearnos siempre,  en la sequía saciar nuestras almas, dar vigor a nuestros huesos y seremos como huerto de riego, como manantial de aguas, cuyas aguas nunca faltarán (Is. 58:10-12). Frente al deseo de suicidarte, hay una solución: JESUCRISTO. Él  permitirá que en tus tinieblas  fulgure la luz  de la esperanza;  el triunfo de la alegría sobre la tristeza y de la vida sobre la muerte.

 Por: Vicente de Jesús Arrieta Florez.

Vicent332002@yahoo.es

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